Y de repente ese sabor metálico en la boca, el hierro liberado o el estallido de los glóbulos rojos. Síntoma de que uno esta trabajando duro. Y de intensidad, esa que se siente cuando miras a tu lado, y recibes el calor y sentimiento de lo que te rodea. Y llegamos a la plaza, como no podía ser de otra manera, por debajo de uno de los arcos. Para que de repente los nervios, se transformen en energía. Y no, no es fruto del ácido láctico, esto es de los aplausos, gritos y las miradas, del público, de los mismos corredores. Y ahí es cuando nuestra plaza, esa que guarda tanta/s historia/s, transmite su “energía estática”, para que todo tu vello se erize. De ahí hace el final, todo es volar. Cada uno por un sueño, una promesa, un reto, o un “no hay huevos”.
Microrrelato para el concurso de San Silvestre 2o24.





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