A veces salgo con la cámara para recordar que ahí fuera sigue pasando la vida.
Esta mañana, Anaya estaba llena de sol, piedra dorada y gente ocupando sus bancos, un mediodía tranquilo. Pero cuanto más miraba, no todo eran miradas: dedos deslizándose por pantallas, cuellos inclinados, auriculares y conversaciones que acabarían aisladas, que nunca llegarán a empezar. Me hizo gracia pensar que algunos se irían de allí sin apenas haber levantado la cabeza una o dos veces.

Entonces, ¿acabaremos olvidando mirar fuera de las pantallas?

Podría ser un mensaje, un vídeo, una notificación cualquiera. Me pregunto cuántas veces habremos estado en un lugar así sin darnos cuenta de dónde estábamos, con la cabeza metida en una pantalla mientras la ciudad seguía de fondo, esperando que alguien la escuchara de verdad.

No se trata de demonizar el uso del móvil ni de vivir desorientados, perdón, desconectados. Al contrario. Pero quizá no nos vendría mal algo tan simple como dejarlo en el bolsillo durante unos minutos y mirar alrededor, como quien vuelve a un lugar que creía conocer. La próxima vez que nos sentemos en Anaya, en un banco o esperemos a alguien en la calle, quizá baste con levantar la vista, escuchar el ruido de fondo, fijarse en la luz. Puede que descubramos que, fuera de la pantalla, todavía queda mucho por mirar.

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